Descubre la historia de los mercadillos navideños

Cada vez que llega el mes de diciembre, cientos de ciudades se revisten de luces de colores, pesebres, árboles de Navidad y, desde hace algo menos de un siglo, mercadillos navideños. Hoy en día, miles de turistas visitan Madrid para disfrutar de un espectáculo urbano cada vez más atractivo y en el que los mercados al aire libre tienen un papel fundamental en el comercio de la capital.

El ecosistema navideño se nutre, durante algo más de un mes, de la artesanía, los dulces, los productos decorativos y los juguetes que los profesionales del comercio ambulante cuidan con mimo y que se han convertido en una tradición más. Pero… ¿Cuándo se celebraron los primeros mercadillos navideños? Descúbrelo en nuestro blog.

Una tradición de origen alemán

Aunque el primer mercado navideño es el Dezembermarkt de Viena, que data de 1296, Alemania es, sin duda, el país en el que los mercados navideños tienen más fuerza y tradición. Comienzan a celebrarlos en la época medieval, en un momento histórico en el que gran parte del territorio europeo estaba en manos del país germano. Uno de los mercados más longevos es el de Dresde, que se celebró por primera vez en la Nochebuena de 1432. La primera evidencia del mercado navideño de Núremberg data de 1628, aunque algunos estudiosos afirman que se remonta hasta 1530.

Estos primeros mercadillos no se celebraban con motivo de la Navidad. Se realizaban de manera habitual en las fiestas religiosas durante todo el año y los mercados de invierno solían ser los más grandes, con artesanos que vendían piezas de artesanía, dulces de todo tipo, productos de panadería y carne. Poco a poco, comenzaron a ser una oferta comercial esperada durante todo el año y cada vez más comerciantes ofrecían sus productos durante estas fechas, hasta convertirlos en mercadillos navideños.

Con la Revolución Industrial del siglo XVIII, los mercadillos se democratizaron y juntaron en un mismo lugar a las clases obreras y a las élites urbanas. Su crecimiento fue enorme, muy ligado, ahora sí, a la tradición cristiana. Esta mezcla de clases convirtió los mercadillos navideños en un lugar sórdido y amenazante, en el que la policía hacía esfuerzos por evitar los robos y los conflictos sociales.

A finales del siglo XIX, los mercadillos vivieron su época más gris, ya que los grandes centros comerciales intentaron hicieron una exitosa campaña para llevarlos a las afueras de la ciudad, quedando relegados a un segundo plano.

Una herramienta política nazi

Cuando Adolf Hitler se proclamó canciller en 1933, decidió volver a darle importancia a los mercadillos navideños devolviéndolos al centro de las ciudades. Su partido político transformó la forma en la que se vivía la Navidad en Alemania, convirtiéndola en una fiesta nacionalista que ensalzaba la herencia alemana: insertaron imágenes de nazis en los belenes, llenaron los calendarios de adviento de propaganda y reescribieron algunos villancicos. Además, utilizaban los mercadillos para realizar discursos políticos para toda la población alemana.

La economía impulsó y rejuveneció los mercadillos navideños. Además, los nazis estandarizaron la decoración de los puestos y los artículos que se podían vender. Y así, en 1934 el mercadillo navideño de Berlín alcanzó los 1,5 millones de visitantes. Dos años después logró los 2 millones, generando una prosperidad económica que terminó con la Segunda Guerra Mundial.

La expansión mundial de los mercadillos navideños

Aunque el poder de los nazis desapareció, muchas de las ideas y tradiciones que instauraron continúan en nuestros días. Durante la década de los cincuenta y sesenta, los mercados navideños aumentaron en tamaño y número. A un lado, ligados a la ideología marxista y reformulando la tradición navideña en tintes paganos; al otro, reformulada en una tradición cristiana ajena a la ideología nazi.

Durante los años ochenta y noventa, los mercados navideños eran tan apreciados que se exportaron por todo el mundo: Estados Unidos, Japón, India, Australia… Además, lo hicieron al estilo alemán, con salchichas, luces parpadeantes y villancicos. Tras su éxito, poco a poco se fueron adaptando a la tradición y a las costumbres de cada país.

En Europa, estos mercados también vieron incrementado su impacto y afluencia. Viendo el éxito comercial en Alemania, comenzaron a adaptar esta tradición a sus costumbres y rasgos nacionales. De esta forma, a finales del siglo XX las grandes ciudades europeas instalaron esta tradición por todo el viejo continente, aunque muchas de ellas ya lo hacían cuando formaban parte del territorio alemán.

El primer mercadillo navideño de Madrid

Pese a que la tradición alemana tuvo un gran impacto en otros países de manera más tardía, en Madrid el primer acercamiento a esta forma comercial data del siglo XVII, cuando surgió en la Plaza de Santa Cruz un pequeño mercado navideño con hortalizas, frutas, adornos, flores y regalos.

En el siglo XIX, bajo el reinado de Isabel II, surge la primera normativa para regular la venta, ubicación y precios de los mercadillos, instaurando la tradición del mercadillo navideño en la Plaza Mayor para la venta de pavos, turrones y dulces, mientras que la Plaza de Santa Cruz se encargaba de la venta de figuras del belén, zambombas, juguetes…

No fue hasta 1944, cuando el auge de los mercadillos navideños alemanes era más que conocido por el régimen franquista, cuando ambos mercados se fusionaron en una misma ubicación: la Plaza Mayor. En 1950, los toldos característicos fueron sustituídos por casetas, generando un salto cualitativo que ha permanecido hasta la actualidad.

Sus puestos han ido consolidándose durante algo más de 70 años y hoy en día no hay visitante que no pasé por el mercadillo de la Plaza Mayor durante estas fechas. Además, han surgido otros espacios en los que la venta al aire libre es ya una tradición más de los barrios y distritos madrileños, generando comercio de proximidad y mejorando el tejido social de la ciudad. ¡Otra forma de comercio es posible!

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